
Para obtener el dominio de sí mismo, tenemos que ser poseedores de diversas cualidades que van desde la “mansedumbre” al “aguante”.
En tales casos, los “Mansos” no son los blandos ni los amorfos. La “Mansedumbre” implica firmeza de carácter. “NO SE TURBE NUESTRO CORAZON”, dijo JESÚS…(nuestro Amado Maestro) y, además añadió en otra ocasión: “POR VUESTRA PACIENCIA SALVAREIS VUESTRAS ALMAS”.
No se trata de un determinado temperamento, de una disposición natural hecha de indiferencia o de apatía, como tampoco de la costumbre de capitular ante los razonamientos o las pretensiones ajenas para evitar incidentes. La Mansedumbre es una virtud y, por lo tanto, un acto de fortaleza. No nos equivoquemos sobre su exterioridad tranquila y a veces sonriente, pues no se adquiere más que por la severidad para consigo mismo.
El siempre AMADO, que jamás hizo su propio elogio, consideró oportuno decir a aquellos a quienes invitaba sus lecciones: YO SOY MANSO Y HUMILDE. Tal vez hizo esta confidencia porque las virtudes de humildad y de mansedumbre se cotizan poco en la bolsa de valores humanos. Pero si miramos de cerca Su Mansedumbre, nos percatamos que fue paciente con respecto a la lentitud mental de sus discípulos. Acogedor de todas las miserias, pero no vaciló en apalear a los vendedores que profanaron la Santidad del templo, tampoco vaciló en estigmatizar, cara a cara, a los potentados que oprimieron a los humildes; sin embargo, en las trágicas horas de Su Pasión, el beso de Judas no le inspira más que Piedad para el crimen del traidor.
La Mansedumbre y la Humildad que son inseparables, son los indicios menos engañosos de la fortaleza de carácter y de la posesión del propio SER, son la condición de la acción reflexiva, ardiente perseverante.
BIENAVENTURADOS LOS MANSOS Y LOS HUMILDES…porque ellos saben dominarse. El dominio de sí mismo valdrá el dominio del mundo.
Gracias por permitirme compartir contigo estos Minutos…
Quien te Ama en Su Nombre…tu Elvia.